Las guardias —indígena, cimarrona y campesina— presentes en el Cauca son formas propias, autónomas y pacíficas de cuidado y protección de la vida y del territorio. Como sistemas comunitarios de cuidado, anteponen el bienestar colectivo al interés individual, un principio que desborda la lógica de lo privado y lo exclusivamente propio. Saben que cuidar la semilla es cuidar la montaña entera.
El fuego ha ocupado un lugar central en la vida comunitaria de muchos pueblos. En la tulpa¹, en el Cauca, el fuego congrega, equilibra, limpia y transforma. A su alrededor se ofrenda y se convoca a los espíritus y a quienes estuvieron antes que nosotrxs: compartimos el mismo fuego. Sus señas ascienden desde el fondo de la tierra en forma de volcán, hasta los fogones. Sus mensajes, custodios de la comunidad, solo se revelan para quienes sepan prestar atención.
De las guardias aprendemos que guardar el mundo de viejos y nuevos extractivismos sigue siendo urgente. Aquí, guardar no significa acumular, sino cuidar. En esta distorsión radica el problema: nos han saqueado el agua, los bosques, las montañas, las piedras, los objetos sagrados y los conocimientos. La acumulación ha estado sostenida por la explotación de las vidas y los territorios. Pero el mundo no es una cosa que se posee: es un cuerpo vivo que nos contiene. No solo los humanos modificamos el territorio, el territorio y todos sus seres también nos moldean en un ejercicio infinito de reciprocidad y transformación.